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Intervencionismo: ¿ideología o negocio?

    Comprendo que la gente no relacione calidad institucional con crecimiento. Lo que no entiendo es que se haya perdido el concepto de decencia, algo que nuestras abuelas conocían sin haber hecho un posgrado. Considerando que el mundo está lleno de seres mortales con sus virtudes y defectos, y que los funcionarios públicos surgen de ese mundo de seres mortales, resulta difícil imaginar corrupción cero en cualquier país del mundo. Habrá naciones con más corrupción y otras con menos, pero difícilmente haya una corrupción cero por el simple hecho de que la misma existencia del Estado da lugar a un poder que detentan los gobernantes y funcionarios públicos que les permite disponer de los dineros ajenos. Si aceptamos que es casi imposible llevar la corrupción a cero, al menos puede limitársela. Es decir, buscar esquemas de políticas públicas que disminuyan las posibilidades de corrupción. ¿Cómo puede lograrse ese objetivo? Cuando uno observa, los casos de corrupción se deben fundamentalmente a dos razones: a) las regulaciones de todo tipo del Estado y b) el estatismo. Cuando hablo de regulaciones no solo me refiero a los controles de precios o restricciones al ingreso de nuevos competidores al mercado, entre otras medidas, sino también a los subsidios de toda clase. Por ejemplo, es común escuchar denuncias sobre el uso político de los planes sociales que manejan algunos sectores del gobierno u organizaciones que se autodenominan “sociales”.  Mi punto es que a mayor intervención del Estado en la economía, más posibilidades de corrupción. Tomemos el caso de regulaciones que impiden el ingreso de nuevos competidores al mercado. El objetivo de ese tipo de regulaciones consiste en generar una renta extraordinaria en los sectores beneficiados que no obtendrían en condiciones de libre competencia. El funcionario que otorga ese beneficio puede cobrar una coima por otorgarlo y quien lo recibe puede pagarlo porque la renta extraordinaria se lo financia. Se produce así un mercado de tráfico de influencias en que el objetivo no es invertir para ser más competitivo y ganarse el favor del consumidor, sino que todo se centra en hacer el lobby necesario para obtener esa renta extraordinaria. El funcionario sabe que esa renta es un bien escaso y que su firma puede tener un precio, por lo tanto, “vende” ese beneficio gracias a que la sociedad toma como normal que el Estado intervenga en la economía para neutralizar los “efectos negativos” del “mercado salvaje”. Otro ejemplo podrían ser los controles de precios. Cuando una empresa depende de que un funcionario público firme una autorización para incrementar los precios, su capacidad de subsistencia puede depender de la buena voluntad del funcionario, por lo tanto puede estar dispuesta a pagar para que el burócrata firme a cambio de un precio. En ese caso hay una extorsión del funcionario de turno. Los escándalos de corrupción que han surgido en los últimos tiempos en las obras sociales sindicales no son otra cosa que el resultado de una fuerte intervención del Estado que, en nombre de la justicia social, le quita compulsivamente a los trabajadores parte de su ingreso para transferírselo a los dirigentes sindicales. No es que los trabajadores libremente eligen aportar a las obras sociales, sino que el Estado les quita por la fuerza parte de su ingreso para transferírselo a los sindicatos. Si no existiera ese “robo legalizado”, como lo denomina Bastiat, el trabajador podría elegir quién le presta el servicio médico, y si quien se lo presta no lo satisface podría cambiar de prestador. Es tal el monto que se mueve mediante este robo legalizado que la corrupción es inevitable bajo este sistema porque los sindicatos no tienen que ganarse la voluntad de los trabajadores sino que obtienen los recursos gracias al aparato de compulsión del Estado. ¿Quién no recuerda, si tiene edad suficiente, el suplicio que era conseguir un teléfono en la época de ENTEL? Tener un amigo que tuviera un amigo en ENTEL que consiguiera un teléfono era la forma de obtenerlo. ¿Quién no recuerda los techos de los edificios del microcentro repletos de cables de teléfonos que usaban las mesas de dinero? Esas líneas se conseguían comprándolas. Y el que las vendían se las quitaba a otros. Y los ejemplos podrían continuar, con las empresas estatales que compraban mucho más caro los insumos que el precio de mercado porque había un negocio cautivo. En definitiva, a mayor intervención del Estado, más poder del funcionario público para decidir ganadores y perdedores dentro de la economía. Ese poder omnímodo de los burócratas y políticos, que va contra los principios de la democracia republicana, termina generando el tráfico de influencias al que hacía mención antes, porque, insisto, el costo de las coimas lo termina pagando el consumidor. El funcionario que coimea se beneficia y el que paga lo asume como parte del costo de producción gracias a los beneficios extraordinarios que le otorga el Estado le permite trasladar ese costo a precio. Podemos catalogar a los dirigentes políticos, sindicales, economistas etc. que adscriben al intervencionismo y al estatismo bajo dos grandes categorías: a) los que están convencidos por ideología y b) los que ven un negocio personal en la intervención del Estado y lo promueven no por ideología sino por interés personal. En este caso, la intervención estatal se presenta como una ideología a favor de los pobres o de la soberanía nacional, pero en rigor esos argumentos son solo una pantalla para esconder el enriquecimiento personal que persiguen baja la máscara de defensores de los pobres y de la Nación. A los que están convencidos por ideología y no los mueve la búsqueda de enriquecimiento personal les diría que no es un problema de personas sino de sistema, además de debatir técnicamente sobre la inconveniencia del intervencionismo y el estatismo. Pero para los que buscan un negocio personal no hay argumentos científicos que valgan, porque sería como tratar de convencer a Al Capone que no es bueno para la sociedad las actividades mafiosas. Su interés personal no pasa por el interés de la sociedad sino por maximizar sus ganancias personales utilizando cualquier mecanismo para obtenerlas. De manera que tratar de convencer a este grupo de personas no tiene ningún sentido. Pero el problema de fondo es que una amplia mayoría de la población cree que el intervencionismo estatal la beneficiará y que el mercado libre la perjudicará, al tiempo se escandaliza con la corrupción y cree que el problema se resuelve reemplazando a un intervencionista corrupto por un intervencionista honesto. Para la inmensa mayoría de la sociedad la corrupción no es fruto de los poderes omnímodos que manejan los burócratas y políticos, sino que es un tema de personas. Y la realidad es que si en el medio de un océano de corrupción cae un intervencionista honesto, la mafia de la corrupción se lo come vivo. Y en el caso que se consiguiera un ejército de intervencionistas honestos que pusieran en retirada a los intervencionistas corruptos, igual tendríamos un serio problema de eficiencia económica. Tema que dejaré para otra nota. Si uno mira la oferta electoral de hoy día en Argentina, salvo excepciones, se va a encontrar con que la oposición denuncia al gobierno de corrupto y sin respeto por la democracia republicana, pero no propone un cambio de sistema. El argumento se limita a decir: ellos son corruptos y autócratas, yo soy honesto y democrático. Una especie dekirchnerismo al revés. De ambos bandos parecen tirarse con el argumento de la honestidad y el respeto a las instituciones, pero, sinceramente, del lado de la oposición no veo, a grandes rasgos, propuestas de políticas públicas tan diferentes a lo que actualmente se hace. Solo se argumenta sacando la chapa de honesto. La democracia republicana se construye limitando el poder del Estado. Sin un límite claro al monopolio de la fuerza que le delegamos al gobierno, no hay democracia republicana posible y sí muchas posibilidades de corrupción. Y como la corrupción necesita de la impunidad para subsistir, el paso siguiente es la destrucción de la república. Pero tal vez sea el mismo mercado electoral, es decir las preferencias políticas de la gente, lo que hace que impere este tipo de sistema. Comprendo que no todo el mundo tiene que conocer la relación entre calidad institucional y progreso económico y personal. También comprendo que no todo el mundo tiene que entender porque son perjudiciales los controles de precios, las restricciones a la competencia, el despilfarro en subsidios, el estatismo, etc. Lo que me resulta más difícil de comprender es que hayamos llegado a un punto en que la gente no pueda comprender un concepto básico que es el de decencia o prefiera dejar de lado la decencia a cambio de un artificial y transitorio nivel de consumo. Digo, no pido que la gente entienda la relación entre instituciones y crecimiento, sino que valore la decencia, que es algo que nuestras abuelas lo comprendían sin haber hecho un MBA o un PHD. Ser decente es vivir del trabajo propio y no del ajeno. Ser decente no es pretender vivir de las dádivas del Estado. Ser decente es esforzarse para progresar sin pedirle al Estado que le robe a otro para que me lo de a mí. Ser decente es respetar al otro, es la buena educación en el trato. El saber que uno no debe robar, en forma directa o mediante el Estado gracias al lobby. Ser decente es no avasallarlo los derechos de los demás en nombre de la justicia social o de la soberanía nacional. Esta orgía de creciente corrupción que vive el país, podría ser el resultado de haber perdido el concepto de decencia. Posiblemente, quienes ven el intervencionismo como un negocio personal y lo disfrazan de ideología a favor de los más desposeídos, aprovechan esa pérdida del concepto de decencia porque amplios sectores de la sociedad está dispuesto a cambiarlo por una fiesta de consumo transitorio o de vivir de la ilusión que una autócrata bueno nos evitará el trabajoso camino de construir el país con trabajo, inversiones y respeto por las instituciones, y cuando digo instituciones pongo el acento en el Estado limitado. En definitiva, me parece que es imposible que tanta corrupción pueda sostenerse sin una sociedad que ya no se escandaliza por ella. Y si no se escandaliza, es porque se perdió el concepto de decencia. Y si se perdió el concepto de decencia, queda el campo listo para el negociado corrupto del intervencionismo. Tal vez, si comprendemos que la existencia de un Estado limitado no es solo más eficiente para poder crecer, sino un imperativo moral, es que logremos el sueño de una Argentina diferente. © www.economiaparatodos.com.ar www.fororepublicano.com
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Inmigración, libre mercado y caridad

Hace poco (el 21 de Noviembre) participé en España en el XII Congreso de Católicos y Vida Pública, de la Universidad de San Pablo, Madrid. Mi ponencia fue “La caridad social”. En una parte de mi ponencia dije lo siguiente. He subrayado especialmente algunas frases.

“….la crisis internacional del 2008 ha implicado en los EEUU una casi estatización masiva del mercado de capitales, cuando es la propia Reserva Federal la que causó y causa las crisis (1), y han recrudecido en Latinoamérica, antes y después de la crisis, los llamados socialismos del s. XXI.

Ante estas circunstancias, no sólo basta recordar la necesidad de las inversiones para la disminución de la pobreza, sino también las condiciones de libertad de entrada al mercado, sobre todo en un mundo supuestamente globalizado pero sin embargo cerrado. Hablamos de solidaridad internacional focalizando nuestra atención en organismos tales como Fondo Monetario y Banco Mundial, pero dichos organismos, al trabajar directamente con los gobiernos, son parte del problema.

La cuestión es la libre entrada de personas y de capitales. Ello sí se corresponde coherentemente –aunque no decimos sea la única solución- con la sensibilidad cristiana al emigrante, al refugiado, a los terribles sufrimientos de millones y millones de personas que huyen desplazados por espantosas guerras, genocidios y condiciones infrahumanas de vida. La atención de esas personas, ¿no tiene que ver con la caridad social? Entonces hagamos propuestas posibles y realistas. No parece realista que proclamemos nuestra caridad para con el inmigrante y al mismo tiempo cerremos nuestras fronteras. 

Pero la libre entrada y salida de capitales y de personas no es una autoinmolación de la propia región. El libre comercio internacional no es un juego de suma cero o negativo, es un sistema donde cada persona, aportando libremente su trabajo al mercado, en igualdad ante la ley y sin los privilegios del estado asistencial, aumenta el nivel de vida de todos, porque toda acción en el mercado, en esas condiciones, es una inversión.

Vengo de un país que es prácticamente un desierto de aproximadamente unos 3.700.000 km cuadrados. ¿No sería un acto de verdadera caridad que millones de seres sufrientes encuentren refugio en esa tierra? Pero no, permanece cerrada incluso para sus propios habitantes, porque la opinión pública de gobernantes y gobernados cree que la economía es como una torta fija de recursos que si aumenta para uno disminuye para otro. Pero ello no es así en un mercado abierto a la creatividad de las inversiones en igualdad ante la ley. Por ende, una magnífica oportunidad de conjugar la caridad con la escasez, el don con el mercado, sería decir: vengan, esta es su tierra con sólo pisarla y trabajar, sin privilegios, sin subsidios, en igualdad de condiciones con los demás. ¿No resuena en nuestros oídos que “…no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (2)? Pues bien, ¿no sería una traslación, aunque opinable, de ese espíritu a nuestro orden social, abrir las fronteras en un libre mercado?

Hago estas preguntas porque si hablamos de caridad, y la queremos aplicar al orden social, los laicos debemos ser críticos de las estructuras existentes y valientes en nuestras propuestas concretas, aunque conscientes, por supuesto, que nada de lo que propongamos se deriva directamente del depositum fidei. Pero sí de nuestra sensibilidad cristiana. Millones y millones de seres humanos luchan por sobrevivir en condiciones infrahumanas en regiones destruidas por guerras y autoritarismos de diversas especies. Sabemos de ello pero parece que nada podemos hacer, excepto recurrir a complicados esquemas de ayuda internacional a través de organismos estatistas como los nombrados que parecen eximirnos de nuestra responsabilidad personal para caer en nuevas formas de racionalidad instrumental, mientras se siguen fomentando las ideas de estado-nación y odio al extranjero.

Pero no, ya no debe haber extranjero. La mirada al otro en tanto otro, la mirada al otro desde el buen samaritano, implica que el otro es ante todo un ser humano que requiere nuestra mirada de igual a igual. “Para el cristiano –dice Edith Stein- no hay personas extrañas” (3). Pues bien, aunque la intensidad de la caridad de esas palabras no se pueda plasmar en las limitaciones de la ley humana (4), al menos sí podemos hacer que esta última borre las diferencias de fronteras y borre también las nuevas marginaciones y esclavitudes que producen un papel con el sello de “extranjero” colocado por la racionalidad instrumental de los estados-nación.

He dicho todas estas cuestiones consciente de que tal vez produzcan alguna polémica pero consciente, a la vez, de que temas como la caridad pueden ser tan amplios que finalmente no terminamos diciendo nada, y especialmente nada para el mundo no cristiano. Soy laico, y corresponde a mi estado laical criticar, proponer y sugerir, a título personal, consciente de mi falibilidad, de lo opinable frente al depositum fidei y así salir al ruedo del mundo contemporáneo al mismo tiempo que protejo de mí mismo a mi santa e inmaculada Iglesia”.

Notas:1) Ver la teoría austríaca del ciclo económico, fundamentalmente en Mises, L. von: The Theory of Money and Credit (1912), Liberty Fund, 1981, y La Acción Humana, (1949), Sopec, Madrid, 1968, caps. XX y XXXI.2) Ga 3, 28.3) Citado por Theresa a Matre Dei en su libro Edith Stein, En busca de Dios, Verbo Divino, Pamplona, 1994, p. 224.4) Nos referimos a estas palabras de Santo Tomás: “. . . la ley humana se establece para una multitud de hombres, en la cual la mayor parte no son hombres perfectos en la virtud. Y así, la ley humana no prohíbe todos los vicios, de los que se abstiene un hombre virtuoso; sino sólo se prohíben los más graves, de los cuales es más posible abstenerse a la mayor parte de los hombres, especialmente aquellas cosas que son para el perjuicio de los demás, sin cuya prohibición la sociedad no se podría conservar como son los homicidios, hurtos, y otros vicios semejantes” (I-II, Q. 96, a. 2).

*Publicado en Filosofía para mi, Buenos Aires.
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Tocqueville apuntaba alto

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Frente a los diversos avatares de la economía mundial se esgrimen multitud de cifras, cuadros, ratios y series estadísticas a veces imposibles de digerir: las de los gobiernos para mostrar supuestas mejoras y las de opositores para indicar desmejoramientos.

Es sabido que el intervencionismo estatal distorsiona los precios relativos y, por ende, se consume capital con lo que los salarios e ingresos en términos reales disminuyen, pero en esta columna quiero mirar esta situación desde otro costado completamente distinto al habitual.

Supongamos que fuera posible asegurar ingresos sumamente elevados a la población pero se les denegara la libertad.

Veamos esto más de cerca. Si al lector se le otorgaran jugosos estipendios pero no podría elegir los periódicos ni los libros de su agrado, tampoco podría afiliarse o desafiliarse a una asociación sindical, no podría importar o exportar todo lo que quisiera sin permisos especiales, no podría contratar libremente compras y ventas, no podría asistir al templo religioso de su preferencia, no podría elegir el medio de cambio que estima de mayor conveniencia para sus transacciones, no podría operar con el tipo de banco que en competencia abierta ofrezca las mejores condiciones, no podría trabajar en los términos que las partes establezcan sin interferencias extrañas a lo pactado, no podría estudiar o enviar sus hijos a estudiar en instituciones libres de regimentaciones exógenas, no podría en definitiva usar y disponer de lo propio porque en rigor no se respetarían los derechos de propiedad.

Decimos entonces, si al lector se le brindaran honorarios mayúsculos pero no dispondría de la libertad para proceder en los caminos señalados y otros de ese tenor ¿optaría por lo primero aunque no disponga de lo segundo? ¿renunciaría a la condición humana? ¿de que le serviría el dinero si es un esclavo? Entonces, el indicador más relevante de una sociedad civilizada es el grado de libertad prevalente, todo lo demás está subordinado a este valor vital y trascendental.

Es a esto precisamente a lo que se refirió Alexis de Tocqueville en El antiguo régimen y la Revolución Francesa cuando escribió en 1856 que “De hecho, aquellos que valoran la libertad por los beneficios materiales que ofrece nunca la han mantenido por mucho tiempo […] El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Nada puede haber más importante que este pensamiento que apunta a la excelencia y a subrayar el eje central de la mismísima condición humana. Salvando las distancia siderales, esto está en las antípodas de lo que escribió Juan Perón en correspondencia dirigida a Otto Meynem, ministro consejero de la embajada alemana en Buenos Aires, el 2 de mayo de 1943 y reproducida por éste el 12 de junio de 1943 al Capitán de Navío Dietrich Neibhur radicado en Berlín: “Los trabajadores argentinos nacieron animales de rebaño y como tales morirán. Para gobernarlos basta darles comida, trabajo y leyes para rebaño que los mantengan en brete”. Por su parte, el diplomático nazi le agrega al referido funcionario alemán en la misma misiva: “Perón sigue la buena escuela”.

Ahora bien, se suele preguntar que libertad tiene una persona que se está muriendo de hambre sin comprender que el hambre y la libertad son dos conceptos distintos (aunque vinculados en otro plano). Son nociones diferentes pero están relacionadas en el sentido de que la libertad permite destapar las ollas de la energía creadora que, a su vez, hace posible la producción de mayores bienes y servicios que mitiga grandemente el hambre. Por eso es que los países de mayor libertad gozan de niveles de vida más altos que los de menor o nula libertad. Eso es lo que ocurría en Alemania Oriental frente a Alemania Occidental y eso es lo que hoy sucede en Corea del Norte frente a Corea del Sur. Por eso es que los cubanos que pueden escapar de las garras totalitarias de la isla-cárcel se van y se quedan en Miami y no se les ocurre irse a Irán. No debe confundirse oportunidad con libertad. Una persona puede no tener la oportunidad de ser un atleta por sus condiciones físicas pero no deja de ser un hombre libre. Tampoco debe confundirse la libertad en el contexto de las relaciones sociales con lo que ocurre en el mundo biológico y físico: sostener que no se es libre de bajarse de un avión en pleno vuelo o que no se es libre de ingerir altas dosis de arsénico sin fenecer mezcla conceptos. La libertad en el contexto de las relaciones sociales significa lisa y llanamente la ausencia de coacción por parte de otros hombres, nada más y nada menos. Tener hambre, estar resfriado o tener dolor de estómago nada tiene que ver con la libertad. Y si se cae en el lugar común de mantener que en libertad “el grande se come al chico” es debido a que quien se expresa de ese modo no se percata de que los grandes (las altas tasas de capitalización), como una consecuencia no buscada pero inevitable, trasmiten su fortaleza a los más débiles vía mayores salarios.

Como es de público conocimiento, todos venimos del hambre y la miseria (cuando no del mono), el mejoramiento en la calidad de vida moral y material es consecuencia de la libertad. Es menester comprender cabalmente que el oxígeno vital de la condición humana es la libertad, el resto está supeditado a ese clima fundamental. Se nos niega característica medular del ser humano si se nos quita la libertad. El libre albedrío es lo que nos diferencia del resto de las especies existentes.

Finalmente, vuelvo a un tema recurrente en mis artículos: el sentido de la vida debe verse como que nuestra existencia hizo una diferencia -aunque más no sea minúscula- para que el mundo que nos rodea sea un poquito mejor que lo era antes de nacer y para ello no basta con ir a la oficina, procrearse, injerir alimentos, no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. De todo lo que podemos hacer en esta vida nada más valioso como el preocuparnos y ocuparnos del bien que, como queda dicho, es el más preciado para la subsistencia de la condición humana: léase preservar y alimentar la libertad del modo en que a cada uno le resulte posible.

Carl Jung en El hombre moderno en busca de su alma escribe que muchos de sus pacientes “no padecen una neurosis definible en términos clínicos, sino más bien sufren por la insensatez y futilidad de sus vidas”. Todos debemos encontrar nuestra misión en la vida pero, insisto, de todas ellas, la que constituye el sine que non de todas las demás y aquella que la responsabilidad no puede rehuir, reside en el descubrimiento de la manera de fortalecer el aspecto medular de nuestra especie y abandonar la horripilante imagen de quien en definitiva vivió solo para ocupar espacio. Claro que hay múltiples maneras de contribuir para que el mundo sea mejor, pero todas las personas de espíritu libre tienen la obligación moral de incluir en sus proyectos un tiempo para que ellos y sus congéneres puedan disfrutar de la vida propiamente humana.

Estas necesarias contribuciones deben llevarse a cabo aún en soledad y en medio de climas hostiles fabricados por los genuflexos del poder, un ámbito que, como bien describe Maquiavelli, está imbuido de engaños y trampas. En este sentido, consigna Maurizio Vitroli: “El problema es que, entonces como hoy, en los tronos y en las butacas del poder casi siempre están los que no saben, en tanto que el que sabe encuentra oídos sordos, o es objeto de mofa”. A pesar de todo esto, el deber no puede trocarse por desidia…al fin y al cabo, como ha dicho Croce, hay que tener en cuenta la “historia como hazaña de la libertad”.

*Publicado por Diario de América, Nueva York.
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Vargas Llosa, el liberal

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Un eje central de quienes compartimos los postulados de la sociedad abierta consiste en suscribir la firme recomendación de Karl Popper en cuanto a la necesaria apertura mental, en vista de que el conocimiento está constituido por corroboraciones provisorias sujetas a posibles refutaciones. Así, el liberalismo está siempre en ebullición en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término.

Mario Vargas Llosa pertenece a esta tradición, a ningún lector medianamente informado se le escapa el espíritu liberal del nuevo galardonado con el premio Nobel en literatura, quien adhiere plenamente a la antedicha visión popperiana, lo cual, de más está decir, no significa aceptar el relativismo epistemológico, por el contrario, constituye un camino fértil para incorporar nuevos conocimientos en el mar de ignorancia en la que nos debatimos.

En este sentido, nada más ilustrativo que el lema de la Royal Society de Londres: Nullius in verba (no hay palabras finales) que, aplicado al caso liberal, viene a subrayar que no hay un cuerpo monolítico de opiniones sino que hay matices- habitualmente enriquecedores- todos con la intención de que sus contribuciones parten del respeto a las autonomías individuales.

Como en cualquier obra humana, en esta corriente de pensamiento hay quienes presentan contradicciones con el tronco liberal, las que suscitan los correspondientes debates...al fin y al cabo Borges (citándolo a Alfonso Reyes) enfatizaba que “como no hay tal cosa como un texto perfecto, si no publicamos nos pasaríamos la vida corrigiendo borradores”. Esas contradicciones a veces consolidan líneas internas y discusiones perpetuas, otras veces permiten volver a las fuentes y, las más de las veces, desembocan en una ampliación de horizontes y ensanchamiento de fronteras.

De todas las variantes del colectivismo, Vargas Llosa se rebela principalmente contra la xenofobia de las culturas alambradas que no permiten el necesario oxígeno al efecto de contrastar distintas visiones y bloquean el comercio. En sus palabras “Luchar por `la independencia cultural`, emanciparse de la `dependencia cultural extranjera` a fin de `desarrollar nuestra propia cultura` son fórmulas habituales en la boca de los llamado progresistas del Tercer Mundo. Que tales muletillas sean tan huecas como cacofónicas, verdaderos galimatías conceptuales, no es obstáculo para que resulten seductoras a mucha gente, por el airecito patriótico que parecen envolverlas”.

Su compromiso con la libertad hace que se pronuncie contra todas las dictaduras y cleptocracias disfrazadas de democracias del planeta. En una entrevista reciente se despachó con tristeza contra lo que viene ocurriendo en la Argentina. Un país que era la admiración del mundo cuando regían los principios alberdianos hasta que fueron surgiendo los nazi-fascismos y todas las variantes socialistas y socializantes desde las recetas de la CEPAL hasta el peronismo autóctono que obligaron a los argentinos a un desplazamiento macabro: de competir con Estados Unidos, Inglaterra, Australia y Canadá en cuanto a nivel de vida cultural y material a descender a las cavernas tercermundistas. También Vargas Llosa acaba de reiterar las tropelías del bufón del Orinoco que tiene sumida a Venezuela en la desazón, pero señaló -con “moderado optimismo”- los avances de la oposición a pesar de elecciones amañadas en las que los autócratas de Miraflores dibujaron las jurisdicciones electorales para finalmente lograr una mayor representación parlamentaria con paridad de sufragios.

Comento al margen que me da la sensación que los encargados del campo literario en la Academia Sueca o no tienen la menor idea de la gramática elemental o la traducción ha sido disparatada en grado superlativo, puesto que el motivo por el que se le entrega el reconocimiento a Vargas Llosa es la “cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo” lo cual es a todas luces incompresible por más esfuerzos que se realicen (sobre todo aquello de “la derrota del individuo” que suena a una tomada de pelo tratándose de quien se trata). Tal cual se presenta en la lengua de Cervantes, parece la redacción de algún cómico no muy avezado cuando pretende hacer reír a su audiencia en un diálogo repleto de incongruencias o tal vez fruto de algún escribiente en pleno ataque posmoderno.

En todo caso, para celebrar la gran valía de Vargas Llosa como persona, como escritor y como liberal, recordemos que cuando comenta sobre Los Miserables de Victor Hugo invita a imaginar mundos mejores a los efectos de correr el eje del debate hacia posiciones más atractivas; de este modo subraya en La tentación de lo imposible que “Pensar y soñar sin orejeras es la manera como los esclavos empiezan a ser indóciles y a descubrir la libertad”. Es responsabilidad de cada uno el contribuir al respeto recíproco que brinda la sociedad abierta, el endosar esa tarea a otros nos recuerda el relato del célebre librero Héctor Yánover en sus memorias, cuando aquel pésimo actor que representaba una obra de Moliere al recibir rechiflas de desaprobación gritaba “¡Mi Dios! ¿Qué tiene este pueblo contra Moliere?”.

*Publicado en Diario de América, Nueva York.
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EE.UU.: un golpe al estatismo

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Las historias están plagadas de muertes y resurrecciones. Debemos estar alertas a los entusiasmos desmedidos, ya que las políticas sensatas sólo se mantienen con perseverancia y con apoyo intelectual a las ideas que conforman la sociedad abierta. De todos modos, las elecciones del dos de noviembre en EE.UU. quedarán en la historia como un severo llamado de atención al estatismo rampante de la actual administración, que elevó el déficit fiscal al 13% del PBI y la deuda al 95% de ese guarismo en el contexto de un alarmante engrosamiento del Leviatán que se inmiscuye en los recovecos más sensibles de la vida privada.

Lo más destacable es lo dicho por la estrella de esas elecciones, Marco Rubio, el nuevo senador que venció en Florida y advirtió que «este resultado electoral no significa en modo alguno adherir al Partido Republicano sino que le otorga una segunda oportunidad para cumplir con la misión de aplicar los principios de un Gobierno con poderes limitados».

Recordemos que la administración de G.W. Bush resultó en la tasa más alta de los últimos ochenta años en la relación gasto público-PBI, que recibió un superávit fiscal que transformó en un déficit del 5% del PBI, que pidió cinco veces autorización al Congreso para elevar el tope de la deuda, que fue del 75% del PBI, que comenzó con la tropelía de los «salvatajes» a empresarios irresponsables e ineptos con los recursos coactivamente detraídos de los contribuyentes, que provocó la burbuja inmobiliaria a través del otorgamiento forzoso de préstamos hipotecarios sin las suficientes garantías con el apoyo de las manipulaciones en la tasa de interés y que inauguró la «guerra preventiva» invadiendo Irak, que nada tenía que ver con la inaudita masacre del 11 de septiembre. Lo que ha dicho Rubio sirve para sacudir a los paquidermos del Partido Republicano instalados en Washington como una maquinaria que traicionó sus propias tradiciones y alabó a megalómanos siempre sedientos de poder. Asimismo, en su campaña, Marco Rubio recordó que Obama no ha hecho más que aplicar dosis mayores de lo mismo con el agravante de intensificar la monetización de la deuda que compromete más aún el futuro del dólar.

Ahora la situación augura la reversión de algunas de las políticas de despilfarro y acelerado intervencionismo estatal del actual Gobierno demócrata, como la socialización de la medicina y la a todas luces contraproducente reforma financiera, que profundiza errores anteriores en lugar adoptar medidas como la eliminación del sistema de reserva fraccional administrado por la banca central.

Entonces, esta vez no se trata de un partido versus otro sino de dos concepciones radicalmente opuestos sobre el futuro de Estados Unidos: el estatismo en el que ha venido deslizándose a pasos agigantados o el retorno a los valores y principios de la sociedad abierta establecidos enfáticamente por los Padres Fundadores.

Muchos de los partidarios del Gobierno con poderes limitados y del federalismo sintieron que Sharron Angle perdiera en Nevada por estrecho margen frente al tortuoso y obsecuente manipulador Harry Reid o la perdidosa Christine ODonell en Delawere (que le había ganado en las internas a Mike Castle, del viejo establishment republicano) a manos del militante izquierdista Chris Coons, pero estos como otros casos muestran que el clima de opinión está influido por largos períodos de prédica socializante desde no pocas instituciones supuestamente educativas. Ningún político es inmaculado -como no lo es ningún ser humano-, pero como apuntó con razón Hanna Arendt «Nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas», a pesar de lo cual no deja de ser un buen síntoma lo ocurrido en estas elecciones en el seno del otrora baluarte del mundo libre, situación que da lugar a fundadas esperanzas para el retorno a la cordura al tiempo que otorga espacio para redoblar el trabajo intelectual e imaginar otras variantes en dirección al genuino respeto a las autonomías individuales.

Los sucesos en Estados Unidos resultan trascendentales para el futuro del mundo libre

*Publicado por Ámbito Financiero, Buenos Aires.
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