Manuel Solanet con Nacho Riverol conversó en "Buenas Razones" por La 2X4. Se necesita votar bien en las elecciones legislativas para poder cambiar las leyes y mejorar el país. Son necesarias reformas de fondo que no son políticamente correctas, pero se necesitan para salir dela crisis.
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http://www.infobae.com -Las partidas presupuestarias para asistencialismo mantienen un crecimiento sostenido en términos relativos al total, como de PBI, pero no revirtieron las también crecientes carencias de gran parte de la población
Salvo el gobierno, que sigue inventando los argumentos más insólitos para explicar la inflación diciendo que tenemos la maldición de exportar alimentos y por eso importamos inflación, u otros que dicen que la inflación es consecuencia de la puja distributiva, con lo cual se supone que en el mundo no hay puja distributiva porque la inflación no es un problema hoy en el mundo, incluso en la región. Brasil está con una inflación anual del 4,6%, Chile 3,1%, Colombia 1,6%, Perú 2,7% y Uruguay 9,4%. En el resto del mundo vemos a EE.UU. con una inflación del 1,4%, la UE 0,9%, Australia 0,9% y el Reino Unido 0,7%. En todos estos países hubo déficit fiscal por la pandemia y todos tienen que comer y sin embargo, produciendo o importando alimentos, no tuvieron nuestra inflación que llegó al 36% el año pasado y ya tiene un acumulado del 38,3% en enero respecto a enero 2020.
Gráfico 1
Sin duda el déficit fiscal generó una gran expansión monetaria en Argentina durante 2020, siendo el impuesto inflacionario el que mayor peso tuvo dentro del total de impuestos recaudados por la AFIP. Como puede verse en el gráfico 1, el impuesto inflacionario superó al Impuesto a las Ganancias DGI y al IVA DGI en cuánto en financiamiento del tesoro y por eso ahora tenemos el desborde inflacionario que el gobierno quiere frenar con precios máximos, clausurando negocios y haciendo acuerdos de precios y salarios. Obviamente nada positivo va a resultar de todo esto, pero el tema de fondo es que, en rigor, el problema no es solo el déficit fiscal que obliga a expandir moneda y a generar inflación. El problema de fondo es el gasto público, en su nivel y su calidad.
El déficit fiscal genera inflación, pero el nivel de gasto público también tiene como contrapartida una enorme carga tributaria que hace que las personas físicas y las empresas estén agobiadas de pagar impuestos. Por un lado tenemos un gran mercado informal fruto de esta carga impositiva y, por otro lado, empresas que se van de Argentina porque, además de afrontar una gran carga tributaria, no tienen reglas de juego claras.
Pero el gasto público también tiene el problema del endeudamiento público. Dos por tres Argentina cae en default, se dispara el riesgo país y se queda sin acceso al crédito, lo cual es bueno porque el Estado deja de tener financiamiento para seguir con la fiesta del gasto, al tiempo que le pone un piso elevado a la tasa de interés a la que puede acceder el sector privado al crédito externo.
A todo lo anterior hay que agregarle el endeudamiento interno, no solo por los bonos que coloca el tesoro, sino también por el stock de LELIQs que coloca el BCRA quitándole capacidad de préstamos al sector privado, dado que se lleva más del 50% de los depósitos del sector privado en el sistema financiero.
Finalmente, como nunca alcanzan los recursos para financiar el gasto público, cada tanto el Estado mete mano en los ahorros de la gente. Plan Bonex, corralito, corralón, pesificación asimétrica y confiscación de los ahorros de la gente en la AFJP son algunas de las joyas confiscatorias del populismo.
Sin duda que hay que reducir y hasta eliminar el déficit fiscal porque hoy el gobierno no tiene forma de financiarse salvo la emisión monetaria, pero el problema de fondo es que tenemos un nivel de gasto público infinanciable y con una pésima calidad. Pagamos impuestos para tener seguridad pero a la gente la matan por un celular en la calle y cada uno contrata su seguridad privada en sus casas. Pagamos impuestos para tener educación y mucha gente manda a sus hijos a colegios privados porque los colegios estatales no funcionan. Pagamos impuestos para tener salud y los hospitales son una calamidad con lo cual contratamos salud privada y encima nos enteramos que pagamos impuestos para que haya vacunados VIP. Es decir, pagamos 2 veces por el mismo servicio y para mantener a una “elite” gobernante con privilegios.
En las décadas del 80 y del 90 el gasto público consolidado era equivalente al 30% del PBI y no se pudo financiar. Mucho menos se puede financiar un gasto público consolidado de 47% del PBI, que es un 50% más que en los 80 y 90.
Si miramos el gasto público social consolidado, incluyendo salud, educación, pensiones, cultura, ciencia y técnica y demás rubros, nos vamos a encontrar con que en 1980 ese gasto representaba el 15% del PBI y en 2017 (último dato disponible del Ministerio de Economía) representaba el 30% del PBI. Es decir, se duplicó el gasto social y cada vez tenemos más pobres, indigentes, desocupados, peores hospitales y educación.
Gráfico 2
Si tomamos el gasto público social del gobierno nacional como porcentaje del PBI, pasó de 9% del PBI en 1980 al 17% en 2017. Se duplicó. En 1980 el gasto público social representaba el 47% del gasto público de la nación y en 2017 esa participación se había elevado al 66%. En otras palabras, no solo se disparó el gasto público hasta niveles infinanciables para el contribuyente, espantando las inversiones y agravando la situación económica, sino que, además, el grueso fue a parar a gasto social que a esta altura del partido podría llamarse gasto de clientelismo político. Como se afirmaba antes, el gasto público creció con el argumento de la solidaridad social y cada vez tenemos más pobres, indigente, desocupados, los jubilados están en la miseria, los hospitales son un desastre, la educación pública es deplorable y los planeros están a la orden del día.
En síntesis, es hora de no solo hablar del déficit fiscal, sino del enorme e ineficiente gasto público que tiene Argentina. El problema es su nivel y su calidad. Ese debate no puede postergarse más, salvo que estemos dispuestos a seguir en esta desesperante decadencia.
Hugo Giganti entrevistó a Natalia Motyl en Tiempo Real por Concepto. La economista analiza los riesgos del dólar debido a las políticas de los bancos centrales en el mundo.
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NOTICIAS ARGENTINAS - Los salarios perdieron un 6,2% de su poder de compra en el segundo semestre de 2020 en relación con la evolución de la Canasta Básica Total (CBT) y un 7,8% si la comparación es con la Canasta Básica Alimentaria CBA), referencias de la pobreza y la indigencia, respectivamente.
La medición surge del Índice de Pobreza de los Trabajadores (IPT), que comenzó a elaborar y difundir la Fundación Libertad y Progreso, que mide la evolución de los salarios deflactado por las canastas señaladas.
El nuevo índice muestra el empobrecimiento de aquellos que tienen trabajo y en consecuencia perciben un salario, por lo que la situación general sería mucho peor si se incluyera a los desocupados y cuentapropistas.
Asimismo, Libertad y Progreso advirtió que “si comparamos finales del año pasado con octubre del 2017, momento en que se registró la mayor recuperación de los salarios en relación con la canasta básica antes de la crisis de 2018, podemos ver una corrosión de más de 20 puntos porcentuales”.
En cuanto a las proyecciones para el mediano plazo, la entidad señaló que “de no realizarse reformas estructurales para revertir el rumbo que lleva la Argentina lo más probable es que luego de las elecciones de este año, la caída sea estrepitosa”.
En la presentación del nuevo índice, la fundación remarcó que si se confronta la situación argentina con la de otros países de la región, no es cierto que los alimentos son caros sino que lo que ocurre es una significativa caída del salario promedio, que ya se encuentra entre los más bajos si se lo compara, por ejemplo, con los de Uruguay y Chile.
“Muchas veces se responsabiliza a ‘los grandes formadores de precios’ por los aumentos y de esta manera se justifica el establecimiento de precios máximos. Sin embargo, a la hora de cotejar los precios de huevos, leche, carne y otros alimentos entre Argentina, Chile y Uruguay observamos que en nuestro país no son más caros, al contrario, suelen ser más baratos”, aseguró Libertad y Progreso.
Al respecto, indicó que mientras un litro de leche cuesta en la Argentina US$ 0,88, su precio es de US$ 1,12 en Chile y US$ 0,78 en Uruguay. El kilo de carne, a US$ 5,71 en la Argentina, vale US$ 9,40 para los trasandinos y US$ 8,04 para los orientales, en tanto que la docena de huevos, que está a US$ 1,69 en la Argentina, cotiza a US$ 2,89 en Chile y US$ 2,32 en Uruguay.
“Las diferencias residen en realidad en el poder de compra, mientras que un trabajador argentino percibe (al tipo de cambio oficial) US$ 506, un trabajador chileno US$ 645 y un uruguayo, US$ 514”, indicó la Fundación.
El director ejecutivo de la Fundación, Aldo Abram, tomó en cuenta esos niveles de precios y salarios para refutar a quienes aseguran que “los alimentos salen más caros porque los exportamos, lo cual es absurdo”.
“Si yo le pregunto a cualquiera en la calle: ¿quién va a comer una ensalada más barata, el que produce la lechuga o el que la compra en la verdulería o en el supermercado? Sin lugar a dudas me van a decir que quien la produce. Y tienen razón, por el costo de comercialización que hay que sumarle desde que se produce hasta el punto de venta”, planteó.
Abram sostuvo que “lo mismo pasa con los países” y dijo al respecto que “el precio del bien al que se vende en la Argentina es el valor del bien puesto en la frontera o el puerto. Después, quien lo importa va a tener que pagar todos los costos de llevarlos a sus góndolas de su país, lo cual obviamente hace que eso sea más caro allá que en Argentina”.
“Estamos consumiendo alimentos mucho más barato que los países que los importan y nos parecen caros. El problema es que las políticas que estamos implementando hacen que cada vez se invierta menos en Argentina”, subrayó.
Para el economista, “eso hace que los trabajadores cobren menos y en definitiva ese empobrecimiento hace que no puedan comprar los alimentos”, en tanto “en los países importadores que tienen más inversión se generan empleos productivos con sueldos más altos que permiten comprar los alimentos aun cuando son más caros que acá”.
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Blog de Iván Carrino - ¿El liberalismo lleva a la desigualdad y la desigualdad a la violencia? El sistema capitalista es atacado desde tiempos inmemoriales.
Uno de sus grandes críticos, recordarán ustedes, fue Carlos Marx, quien sostuvo que el problema era que la clase capitalista, propietaria de los medios de producción, explotaba a la clase trabajadora, condenándola a la pobreza.
Una de las predicciones de Marx, de hecho, fue que en el sistema capitalista el proletariado atravesaría una situación de creciente miseria.
La predicción no se cumplió.
Hoy el mundo tiene una población casi 7 veces mayor a la que tenía cuando Marx escribió El Manifiesto Comunista, y la pobreza de la población cayó a niveles nunca antes experimentados.
Las críticas a la economía de mercado, sin embargo, no han cesado y hoy el principal argumento ya no es que el liberalismo genera pobreza, sino que hace crecer la desigualdad económica.
En algunos textos y trabajos he tocado el tema de la desigualdad. (Por ejemplo acá, acá, acá, acá, acá, acá y acá)
Allí argumento que mientras las reglas de juego sean claras y los que están abajo puedan moverse hacia arriba, la desigualdad no es un problema sino que -de hecho- es algo deseable.
Nadie podría oponerse a que Jeff Bezos, Bill Gates o Lionel Messi sean increíblemente millonarios y por tanto desiguales en riqueza al resto de nosotros. Es que dado que ofrecen a la sociedad algo que ésta desea, está bien que la sociedad los premie con altos ingresos y riqueza.
En su último video sobre el liberalismo, no obstante, Roxana Kreimer dice que la desigualdad es un problema importante y que todos deberíamos preocuparnos por ella.
Su argumento es que:
“todos deberíamos preocuparnos por la desigualdad porque es lo que más correlaciona en todo el mundo con la pérdida involuntaria de la vida…. ”
¿Es esto así? Esto es lo primero que vamos a preguntarnos.
Ahora si la respuesta fuera afirmativa, ¿corresponde vincular esto con el sistema económico liberal?
Un problema con los estudios citados
Un estudio que muestra datos que pueden respaldar la tesis de Roxana Kreimer es el que ella también cita en su video y se llama “The Spirit Level” de los autores Richard Wilkinson y Kate Pickett.
En su libro los autores relacionan la desigualdad económica con todo tipo de malestares sociales, como la obesidad infantil, el alcoholismo, la adicción a las drogas, y también con la tasa de homicidios. Su conclusión en este tema -como en los otros- es que a mayor desigualdad mayor es la tasa de homicidios. Es decir que las sociedades menos igualitarias son las más violentas.
Se concluye de aquí que si quisiéramos reducir la tasa de violencia, entonces deberíamos emprender políticas redistributivas. Ahora hay que hacer un alto antes de pasar tan rápido a conclusiones de este tipo.
Es que el trabajo de Wilkinson y Pikett ha sido severamente criticado por otros autores y estudiosos del tema.
Por ejemplo, de acuerdo con Christopher Snowdon del Institute of Economic Affairs de Londres, los autores se disponían a analizar a los 50 países más ricos del mundo, pero sólo terminaron mirando 23 de ellos dejando afuera algunos sin buenos motivos.
En el caso específico del asesinato, una revisión de su análisis indica que las conclusiones se sostienen solo porque Estados Unidos es un caso muy extremo (en comparación solo con los otros 22 países de la muestra) de alta desigualdad y alta tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes. Sin embargo, si se quitara a los Estados Unidos de la muestra, la correlación se cae.
Lo mismo ocurre si se utilizan datos más recientes. De acuerdo con los nuevos cálculos de Snowdown, para los 23 países analizados la correlación (que va de 0 a 1) es de 0,37, mientras que si se agregan otros países la correlación cae a 0,25.
Otro tema a analizar es que entre mediados de los años ‘90 y por casi toda una década, en Estados Unidos se combinó el aumento en la tasa de desigualdad con una caída en la tasa de homicidios, con lo que la idea de que a mayor desigualdad mayor es la violencia también empieza a tambalear.
Liberalismo y crimen
Siguiendo con este tema podríamos preguntarnos qué pasa si, en lugar de tomar solo un puñado de países ricos, miramos a todo el planeta e intentamos ver con qué otros temas correlaciona la violencia.
En estos países, que pueden ser más o menos desiguales, el ingreso per cápita promedio es de USD 11.300 medidos en paridad de poder de compra.
Ahora en los 10 países del planeta con menor tasa de homicidios, en donde entre otros están Japón, Hong Kong y Noruega, el ingreso promedio es de USD 70.000, o sea 6 veces más alto.
¿Tendrá, entonces, algo que ver la pobreza como determinante de la violencia más que la desigualdad?
Por otro lado, ¿cuán liberales son todos estos países?
Si buscamos cuánto puntaje obtienen estos dos grupos de países en el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage, vemos que los más violentos tienen, en promedio, un puntaje de 56, mientras que los países menos violentos suman 75 puntos. Es decir que podríamos pensar que a mayor libertad económica menor es la tasa de homicidios.
No hay vínculo entre libertad económica y desigualdad
Como vimos hasta acá, corregidos por outliers y sumando más países a la muestra, no aparece una relación directa entre desigualdad y homicidios. Ahora incluso cuando otros estudios pudieran demostrar que ese es el caso (como el que Kreimer menciona que publicó el Banco Mundial), todavía habría que explicar qué vínculo tiene todo esto con el liberalismo económico.
La pregunta que corresponde entonces es si el capitalismo genera desigualdad, y la respuesta a eso es que no hay evidencia para afirmarlo. O sea, es sumamente probable que países donde hay más libertad económica sean más desiguales que otros donde hay más intervencionismo. ¿Pero qué pasa si tomamos a todos los países, les asignamos un puntaje en función a su libertad económica, y luego comparamos contra el nivel de desigualdad que allí existe?
Esto mismo es lo que hizo el Instituto Fraser de Canadá en su Reporte sobre la Libertad Económica en el mundo del año 2013. En un apartado llamado Libertad Económica y Progreso Humano dividieron a los países en 4 grupos de acuerdo a su nivel de libertad económica. Así, quedaron éstos agrupados entre el grupo de los más libres, el segundo grupo, un grupo número tres, y el cuarto grupo, con los países menos libres del planeta.
Al vincular estos grupos con una medida de la desigualdad, se encuentra que no hay diferencias significativas entre ninguno de ellos. En todos el porcentaje de ingresos adquirido por el 10% más pobre de la población iba del 2,28% al 2,76%.
El artículo concluía entonces que no había relación entre desigualdad y libertad económica. Más libertad económica no implica ni más ni menos desigualdad, son variables que no están correlacionadas.
Ahora en donde sí hubo diferencias entre los grupos fue en el ingreso medido en dólares que el 10% más pobre de la población recibe.
En los países con mayor intervencionismo el ingreso promedio del 10% más pobre de la población fue de USD 932 dólares, mientras que en el grupo de países más capitalistas éste fue de USD 10.556. O sea, diez veces más.
El argumento de que las economías libres sufren de mayor desigualdad del ingreso es un mito construido sobre el error de observar unos pocos países y no la totalidad de la muestra. … La pregunta es, si usted sabe que va a ser pobre, ¿en qué tipo de país preferiría vivir, en unos de los libres o en uno de los no libres?
Conclusión
Para ir cerrando, la desigualdad económica, si está originada en las mismas reglas de juego para todos, no debería leerse como un problema a resolver.
De hecho, incluso tomando la idea de envidia que nos ofrece Roxana Kreimer, la desigualdad funciona como una motivación para que quienes están “abajo” se esfuercen por llegar “arriba”. Y en un marco de normas donde se respete la propiedad privada, esto solo puede ocurrir satisfaciendo en el mercado las necesidades de los demás.
Además, vimos que no hay un vínculo claro entre desigualdad y violencia, pero ese vínculo es todavía más pobre cuando se le quiere adjudicar la violencia al liberalismo económico.
Los países más libres del mundo tienen los mejores índices de desarrollo humano, y no acarrean mayor desigualdad que aquellos que son menos libres. Así que incluso cuando se quisiera afirmar que la violencia resulta de la desigualdad, de ahí no debería concluirse que hay que restringir la libertad económica.
Y tampoco debería concluirse que hay que tomar medidas de redistribución antes que mejorar las penas o el cumplimiento de las normas legales, pero ese es otro gran tema para debatir.