Superar la tragedia educativa es responsabilidad del Congreso
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Ian Vásquez reseña el libro más reciente del escritor sueco Johan Norberg, Peak human, que trata acerca de episodios históricos en los que los seres humanos lograron "épocas doradas".
Toda gran innovación tecnológica es “un acto de rebelión contra la sabiduría convencional y los intereses creados” dice el historiador económico Joel Mokyr. Podría haber dicho lo mismo respecto a la innovación artística, empresarial, científica, intelectual y demás.
El escritor sueco Johan Norberg acaba de publicar un libro oportuno (“Peak Human”) sobre episodios históricos en los que tales actos de rebelión producen civilizaciones sobresalientes. Destaca “épocas doradas” o picos históricos de la humanidad que van desde Atenas y la china bajo la dinastía Song (960-1279 d.C.) hasta la República Neerlandesa de los siglos XVI y XVII y la actual esfera anglosajona.
¿Qué se entiende como una época dorada? Según el autor, se trata de sociedades que se mantienen abiertas, especialmente al comercio, las personas, y el intercambio intelectual. Se caracterizan por el optimismo, el crecimiento económico y logros en numerosas áreas que las distinguen de otras sociedades contemporáneas.
Las civilizaciones que han creado estas épocas de oro imitan e innovan. Roma apropió y adaptó arquitectura y filosofía griega, pero también fue bastante inclusivo con los inmigrantes y forasteros: ser romano era una identidad política, no étnica. El califato abasí de hace 1.000 años fue el lugar más próspero del mundo. Ubicó su capital, Bagdad, en el “centro del universo” y de allí promovió la tolerancia intelectual, el conocimiento y el libre comercio para producir un verdadero florecimiento científico y artístico.
La China de la dinastía Song fue especialmente impresionante. “Ninguna civilización clásica estuvo tan cerca de desencadenar una revolución industrial y crear el mundo moderno como la China Song”, escribe Norberg.
Pero ese episodio, como las otras del pasado, no duraron: “Todas estas épocas doradas experimentaron un momento de muerte de Sócrates”, observa Norberg, “cuando abandonaron su compromiso previo con el intercambio intelectual abierto y abandonaron la curiosidad por el control”.
Las fuerzas del estatu quo siempre amenazan: “Las élites que se han beneficiado lo suficiente de la innovación que las encumbró quieren echar a patadas la escalera que tienen detrás, los grupos amenazados por el cambio intentan fosilizar la cultura en una ortodoxia”. La Italia renacentista terminó, por ejemplo, cuando los protestantes y los católicos de la contrarreforma se enfrentaron y se aliaron con respectivos Estados, lo cual facilitó la represión.
Hoy estamos viviendo en una era dorada que no ha terminado y que tiene su origen en la Inglaterra del siglo XVII, que a su vez se basó en la época dorada de la República Neerlandesa. Fue en la Inglaterra del siglo XVIII que se inició la Revolución Industrial que permitió una explosión de riqueza y el escape de la pobreza masiva de buena parte de Europa Occidental y Estados Unidos.
Y fue Estados Unidos que, desde el siglo pasado, ha apoyado un sistema internacional basado en la apertura y los principios que dieron lugar al éxito de la esfera anglosajona. Es así como la mayor parte del mundo está participando de la actual era dorada en la que las mejoras en términos de prosperidad y bienestar han sido dramáticas e inéditas en la historia humana.
Donald Trump dice que quiere iniciar una edad de oro y apela a viejos tiempos supuestamente mejores en Estados Unidos. Para lograr su meta, dice que no necesita a otros países y hace falta el proteccionismo que está imponiendo al mundo.
No ha aprendido las lecciones del libro de Norberg. Una de las más importantes es que los factores que determinan la continuación de una época dorada no son externos, como puede ser una pandemia o un supuesto choque de civilizaciones. Más bien, dice Norberg, se trata de un choque “dentro” de cada civilización, que tiene en sus manos la habilidad de decidir si continuar o no en el pico en el que se encuentra.
Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 6 de mayo de 2025.
Iván Carrino reseña La llamada de la tribu, de Mario Vargas Llosa, y encuentra en este texto una síntesis del "liberalismo de Vargas Llosa".
Recuerdo una anécdota de cuando era un joven que asistía a todos los eventos liberales que se cruzaban por mi camino. En esta oportunidad, en el marco de no recuerdo bien qué, quien exponía era Mauricio Rojas, escritor y político chileno. En un momento, alguien levanta la mano y le hace a Rojas una de esas típicas preguntas donde quien pregunta quiere mostrar que él es el más liberal de los liberales, y poner en aprietos al expositor.
Recuerdo que Rojas respondió algo así como “bueno, esto puede tener sentido para un pensador como Rothbard, pero a mí déjenme con el liberalismo de Vargas Llosa”.
La pregunta entonces es, ¿cuál es el liberalismo de Mario Vargas Llosa?
Creo que la respuesta puede encontrarse en La llamada de la tribu, libro que personalmente decidí comprar y leer una vez que me enteré de la muerte de este famoso escritor, de quien solo había leído su obra La fiesta del chivo, algunos de sus artículos en prensa, y había escuchado algunas de sus exposiciones en la Fundación Libertad.
Sobre el liberalismo de Vargas Llosa, entonces, lo primero que alguien podría decir que se trata de un falso liberalismo… Algún rothbardiano, por ejemplo, podría argumentar que, como Mario Vargas Llosa cree que la causa de la crisis de 2008 fue un exceso de codicia y un mercado falto de regulación, entonces no puede ser un buen liberal, dado que no entendió a la “Teoría austriaca del ciclo económico”.
Peor sería la reacción cuando leyeran, en la página 151 de esta obra, que dice que “[los mercados libres] por sí solos, terminan, según la metáfora de Isaiah Berlin, permitiendo que los lobos se coman a todos los corderos”.
¡Qué mal! ¿no? Podría ser, pero estuve consultando con Chat GPT, quien me informó que Lionel Messi, a lo largo de toda su carrera, pateó 141 penales. De éstos, erró nada menos que 31. Supongo que los puristas dirán entonces que Messi es un mal jugador de fútbol[1].
Esperando que se haya comprendido la analogía vamos ahora al liberalismo “a la Vargas Llosa”. A partir de La llamada de la tribu, puede apreciarse que el del Premio Nobel era –en primer lugar– un liberalismo no dogmático. Esto se constata viendo lo que escribe sobre Popper:
“El espíritu crítico es la condición indispensable del verdadero progreso en la ciencia y la vida social (…) es sometiendo a la prueba del ensayo y del error -es decir, tratando de falsearlas, de demostrar que son erróneas- como se conoce la verdad o la mentira de las doctrinas” (p. 150)
“Popper hace de la crítica el fundamento del progreso. Sin crítica, sin posibilidad de falsear todas las certidumbres, no hay avance posible en el dominio de la ciencia ni perfeccionamiento de la vida social” (p. 164)
Siguiendo el mismo hilo, Vargas Llosa destaca con Popper que no hay verdades eternas, sino solo provisionales hasta que se demuestre lo contrario:
“Si no hay verdades absolutas y eternas todos debemos reconocer que nuestras verdades pudieran no ser verdades” (p. 166)
Esta afirmación tiene importantes implicancias. Porque, por un lado, llama a la tolerancia y a la vida democrática. Y, por otro lado, porque promueve o, al menos, permite la experimentación.
En este sentido, el liberalismo de Vargas Llosa es también tolerante, no conservador y democrático.
En cuanto al conservadurismo y la tolerancia, Vargas Llosa hace loas al libro de Friedrich Hayek, Los fundamentos de la libertad, publicado en 1960. Allí, el autor austriaco defiende la libertad individual en estos términos:
“La libertad es esencial para dar cabida a lo imprevisible (…) Puesto que cada individuo conoce tan poco, y, en particular, dado que rara vez sabemos quién de nosotros conoce lo mejor, confiamos en los esfuerzos independientes y competitivos de muchos para hacer frente a las necesidades que nos salen al paso”
Esta frase puede entenderse, claro, como una defensa del mercado libre, en la que cada empresario –en su intento por maximizar ganancias– innova y crea bienes y servicios nuevos que mejoran nuestra calidad de vida, pero también para entender la diversidad en las formas de vida que pueblan al mundo. Puesto que nadie conoce lo mejor, la libertad es esencial para que cada uno descubra qué es lo mejor para su propia vida. Y si descubrís que lo mejor para tu vida es que quieres tener novia, o novio, o ser padre, o no, o viajar por el mundo, o adoptar un perro… siempre y cuando esa decisión no afecte (y no la afecta) la vida ni la libertad de terceros, los liberales no tenemos nada que decir acerca de ello.
Y así lo entendía Mario Vargas Llosa, quien creía que la diversidad “de ideas, acciones, costumbres, morales– es la única garantía que tenemos de que el error, si se entroniza, no cause demasiados estragos” (p. 250), al tiempo que pedía que América Latina se liberara de esa “tara inveterada que son el machismo y la homofobia”.[2]
La misma tolerancia en cuanto a las formas de vida individuales, grupales o familiares llevaba a Vargas Llosa a defender la tolerancia política y plantear un liberalismo inseparable de la democracia. Es que, así como yo no sé cómo tienes que vivir tu vida, se pide aceptar la duda de que el otro partido político, por más que no me represente en lo más mínimo, pueda tener algo de razón. Como decíamos antes, si no hay verdades absolutas y eternas… Entonces hay que permitir el ensayo y el error.
Fue famosa en este contexto la respuesta que Vargas Llosa le dio a Axel Kaiser cuando éste lo consultó acerca de si existían dictaduras menos malas, y puso el ejemplo de Pinochet versus Maduro. En su momento, Vargas Llosa respondió que dicha pregunta no la podía aceptar, puesto que “parte de una cierta toma de posición previa: que hay dictaduras buenas o que hay dictaduras menos malas. No, las dictaduras son todas malas… Todas las dictaduras son inaceptables”[3].
Esta afirmación aparece, de alguna forma, matizada en La llamada de la tribu. Allí, en la página 257, en el apartado de Isaiah Berlin, dice:
“Ciertas dictaduras de derecha que ponen énfasis en las libertades económicas, pese a los abusos y crímenes que cometen, como la de Pinochet en Chile, garantizan por lo general un margen más amplio de libertad ´negativa´ a los ciudadanos que las democracias socialistas y socializantes, como Cuba y la Venezuela de nuestros días” (p. 257)
El liberalismo de Vargas Llosa reconoció los riesgos que implicaba para la libertad la izquierda socialista, y se alejó del comunismo tal como ya han comentado extensamente en este coloquio, pero también entendió que el nacionalismo de la derecha también implicaba un riesgo para la libertad.
Sobre el nacionalismo, Vargas Llosa afirma en la obra que se trata de:
“… una pasión negativa, una perniciosa afirmación y defensa de lo propia contra lo foráneo, como si lo nacional constituyera de por sí un valor, algo superior, idea que es fuente de racismo, de discriminación y de cerrazón intelectual” (p. 137).
Según Vargas Llosa, Popper aprendió a detestar el nacionalismo, al que llamó “horrible herejía” y “bestia negra a la que siempre identificó como el enemigo mortal de la cultura de la libertad” (p. 142).
Pero, dirá algún joven paleolibertario, ¿no se puede ser racista y liberal? ¿Qué problema hay con que yo discrimine a XXX, YYY o ZZZ? Le recordamos a Ayn Rand, que decía que:
“El racismo es la forma más baja y groseramente primitiva de colectivismo. Es la idea de atribuir significado moral, social y político al linaje genético de una persona (…) que un hombre no ha de ser juzgado por su carácter y sus acciones, sino por el carácter y las acciones de un colectivo de sus antepasados”[4]
Para ir cerrando, Vargas Llosa también se hace eco de lo que Hayek expresa en Camino de servidumbre, que “pese a su odio recíproco, hay entre el comunismo y el nazismo un denominador común: el colectivismo” (p. 120). Y es a este colectivismo, a esta sumisión del individuo al grupo, a esta Llamada de la tribu, a la que se quiere resistir Vargas Llosa con su defensa del liberalismo.
Pese a haber comenzado como socialista extremo, Vargas Llosa pudo abandonar sus preconceptos y se convirtió en uno de los más respetados defensores de un liberalismo no dogmático, no colectivista, no conservador, no nacionalista, tolerante y democrático.
Me pregunto dos cosas. La primera: ¿existe un liberalismo que no sea todas estas cosas?
La segunda: ¿hay espacio para que este liberalismo gane el debate público?
Sobre el último punto Vargas Llosa da una opinión, al reflexionar sobre por qué Francia despidió a Jean Paul Sartre con fiestas nacionales, mientras que no hizo nada ni parecido con su admirado Raymond Aron.
“Los intelectuales y escritores que suelen figurar entre los más populares casi nunca lo son por la originalidad de sus ideas o la belleza de sus creaciones (…) Lo son sobre todo por su capacidad histriónica, la manera como proyectan su imagen pública, por sus exhibiciones, sus desplantes, sus insolencias, toda aquella dimensión bufa y ruidosa de la vida pública que hoy día hace las veces de rebeldía” (p. 230)
¡Qué actualidad! ¿no?
Y alguno podrá decir que ya está, que este histrionismo e insolencia que hacía que a los liberales no se les reconociera, ahora está jugando a nuestro favor, gracias a que ahora hay un libertario como presidente.
Y si me preguntan a mí yo pienso que sí, en buena parte, esto es así. Pero, a la luz de lo dicho anteriormente, hay otra parte donde tengo algunas dudas.
Muchas gracias por su atención.
[1] Maradona, aproximadamente, pateados 109, errados 19. Eficacia de 82,5%.
[2] Mario Vargas Llosa criticó la homofobia arraigada en América Latina. Infobae (Abril de 2012): https://www.infobae.com/2012/04/08/641191-mario-vargas-llosa-critico-la-homofobia-arraigada-america-latina/
[3] “Esa pregunta yo no te la acepto”: Mario Vargas Llosa saca aplausos tras parar en seco a Axel Kaiser. The Clinic (3 de mayo de 2018). Disponible en: https://www.theclinic.cl/2018/05/03/esa-pregunta-yo-no-te-la-acepto-mario-vargas-llosa-saca-aplausos-tras-parar-en-seco-a-axel-kaiser/?utm_source=chatgpt.com
[4] Rand, Ayn: “La Virtud del Egoísmo”. Página 181. Disponible en: https://albertozambrano.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/01/la-virtud-del-egoismo-de-ayn-rand.pdf
CATO Ian Vásquez explica que el resultado de las primarias del Partido Demócrata en Nueva York es relevante no solo para la ciudad, sino para la política nacional.
Hubo un temblor político en Nueva York la semana pasada y se está sintiendo en todo el país: en las primarias del Partido Demócrata, un socialista salió muy por encima de los otros candidatos para la alcaldía de la ciudad más grande de Estados Unidos.
Dado que Nueva York tiende a votar por el Partido Demócrata, es probable que Zohran Mamdani será elegido alcalde en noviembre. El resultado es relevante no solo para la ciudad, sino también para la política nacional. Es particularmente importante para los demócratas, quienes no se recuperan de su derrota ante Trump y se están debatiendo cuál será la mejor estrategia para enfrentar a la nueva derecha: ¿moverse más al centro político o moverse todavía más a la izquierda?
Las primarias le han dado un fuerte apoyo al ala populista del Partido Demócrata. Después de todo, con su discurso socialista Mamdani le sacó siete puntos de ventaja al segundo más votado, Andrew Cuomo, un político tradicional y exgobernador de Nueva York.
¿Qué prometió Mamdani? Dijo que iba a hacer más justa y asequible a la ciudad. Lo haría duplicando el sueldo mínimo, congelando los alquileres de alrededor de un millón de departamentos, brindando atención infantil gratuita y universal, ofreciendo transporte gratis en autobuses, incrementando impuestos a las corporaciones y los ricos, y montando supermercados del pueblo, entre otras medidas.
A diferencia de muchos populistas que se guían por el oportunismo, Mamdani es un auténtico creyente de las ideas socialistas. Es miembro de los Socialistas Democráticos de América, un grupo activista nacional. El grupo dice que lucha por “conquistar un mundo organizado y gobernado por y para la inmensa mayoría, la clase obrera”.
Además de desfinanciar completamente a la policía, el grupo al que Mamdani pertenece propone la “nacionalización de empresas como ferrocarriles, servicios públicos y empresas manufactureras y tecnológicas críticas, junto con la regulación de los sectores corporativo, de comunicaciones, de datos y financiero”. Es una agenda de control económico y de la expresión.
El joven Mamdani (tiene 33 años) no propone explícitamente implementar tal agenda; ni siquiera podrá implementar todo lo que propone fácilmente. Pero el candidato no esconde el hecho de que es socialista, lo resalta. Para Estados Unidos, hacer eso y tener éxito político es novedoso y pudiera tener influencia sobre el Partido Demócrata a nivel nacional.
No importa que el control de alquileres en Nueva York como el que Mamdani está proponiendo ampliar haya causado escasez de viviendas, sobre todo para los más necesitados. No importa que el aumento del salario mínimo perjudique a los trabajadores menos calificados y crea desempleo o que los altos impuestos y costos de vivir en la ciudad han causado una caída notable de su población en años recientes. Tampoco importa que han sido las mismas políticas de los demócratas las que han causado los problemas que Mamdani pretende solucionar.
No importa porque parece que lo que llevó a Mamdani a la victoria fueron en gran parte los votantes blancos, bien educados y de clase media y alta. Perdió el voto de los afroamericanos y de la clase baja, quienes favorecieron a Cuomo. En cierto sentido, la elección respalda lo que el observador social Rob Henderson denomina “creencias de lujo” que son “opiniones que confieren estatus a la clase alta con poco o ningún costo para ellos, mientras que infligen un grave costo a las clases más bajas”. Agrega Henderson: “Los mismos que apoyan a Mamdani son los que más se parecen a él: acomodados, sobreeducados y deseosos de demostrar su virtud a costa de los demás”.
Si es así, y si el Partido Demócrata decide optar por una visión más extrema, Estados Unidos se apartará aún más de su tradición democrática liberal.
Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 1 de julio de 2025.
Política Internacional, política estados unidos
PERFIL A cinco años del inicio de la pandemia, pareciera que nunca hubiese existido: nuestra mente busca protegernos del recuerdo de una experiencia tan extrema. Sin embargo, las decisiones tomadas en nombre de la emergencia sanitaria siguen teniendo consecuencias. Una de las más controversiales, por su impacto y la débil evidencia que la sustentó, fue el cierre prolongado de las escuelas. Si bien al principio existía incertidumbre sobre la naturaleza del virus, hoy sabemos que el costo de mantener las aulas vacías fue mucho mayor que el riesgo de contagios, con consecuencias que persisten hasta hoy.
Un artículo publicado en The New Yorker, el pasado 30 de abril, reconstruye el proceso por el cual millones de estudiantes en Estados Unidos quedaron fuera de las aulas por más de un año, y denuncia que muchas de las decisiones no estuvieron guiadas por la ciencia, sino por la política y la presión sindical.
Lamentablemente, la experiencia argentina no fue distinta. La suspensión de clases presenciales se extendió durante todo 2020 y en 2021 muchas provincias retrasaron injustificadamente el regreso a las aulas, aun cuando la experiencia internacional ya mostraba que con protocolos básicos y ventilación adecuada era posible retomar la presencialidad sin un aumento significativo de contagios.

Los resultados están a la vista. La virtualidad resultó ser, como se advirtió desde un primer momento, un privilegio de clase. Mientras algunos niños accedían a clases por Zoom, conectividad estable y acompañamiento en el hogar, otros no tenían siquiera una computadora o un espacio adecuado para estudiar.
La prolongación del cierre escolar en nuestro país respondió, en gran medida, a una combinación de intereses gremiales y temores políticos. Fue más fácil mantener las escuelas cerradas que enfrentar un conflicto con los sindicatos docentes. Se aceptó, sin mayor discusión, que el riesgo era demasiado alto, cuando la evidencia internacional ya mostraba que el verdadero costo era el que estaban pagando los niños, especialmente los más vulnerables.
En muchos casos, criticar el cierre de escuelas era leído como una postura negacionista o insensible. Sin embargo, se debe reconocer la gravedad de la pandemia sin dejar de señalar que algunas medidas fueron desproporcionadas, o directamente equivocadas. La educación no debió haber sido la variable de ajuste. No lo fue en países que, como Suecia, priorizaron el bienestar infantil. Sí lo fue, vergonzosamente, en el nuestro.
Algunos argumentan que fue una decisión comprensible, tomada en un contexto de incertidumbre. Puede ser. Pero lo que resulta injustificable es que, una vez conocida la evidencia, no se haya corregido el rumbo. Que durante 2021 muchas provincias hayan mantenido un régimen híbrido o discontinuo, aun cuando otras actividades —como el transporte público, los comercios e incluso los casinos— ya funcionaban, habla de una jerarquización perversa de prioridades.
No se trata de buscar culpables, sino de asumir responsabilidades. Y, sobre todo, de aprender. Porque si no reconocemos los errores, estamos condenados a repetirlos. Una sociedad que tolera que sus escuelas reabran luego que sus bares, que acepta que sus niños pierdan más de un año de aprendizaje, pero no que sus adultos pospongan un espectáculo o un viaje, es una sociedad que ha perdido el sentido de lo importante.
Es claro que existe una forma de negacionismo que minimiza el impacto de las decisiones tomadas durante la pandemia. Como si hablar de los costos de los cierres fuera un gesto de egoísmo o de insensibilidad. Nada más alejado de la realidad. Reconocer el daño causado por la interrupción de la presencialidad es un acto de honestidad intelectual y, sobre todo, un acto de justicia hacia los chicos que más lo sufrieron.
No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos aprender de él para que nunca más la educación sea la variable de ajuste. La pandemia existió, y la violación del derecho a la educación de nuestros niños y jóvenes también. Los resultados de las pruebas Aprender son apenas una de las muchas evidencias de ello.
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