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PERFIL La evaluación Aprender, tomada en noviembre de 2024 a estudiantes de tercer grado, muestra que menos del 45% de los alumnos alcanza el nivel esperado de comprensión lectora. Más de la mitad de los chicos no entiende adecuadamente lo que lee.
Es curioso, pero el lector podrá leer informes sobre los resultados de Aprender 2024 y análisis de expertos sin enterarse de que en la Argentina las escuelas estuvieron cerradas durante más de un año y medio. Como si la pandemia —y, más precisamente, la irracional decisión política de suspender la presencialidad escolar— jamás hubiese sucedido.
Por ejemplo, ¿Quiénes fueron los chicos evaluados en Aprender 2024? Son los que en 2020 asistieron a la sala de 4 años, en el mejor de los casos frente a una pantalla, en 2021 cursaron el último año del nivel inicial, sin presencialidad plena, y en muchos casos, sin presencialidad en absoluto, por la presión ejercida por los líderes sindicales. Son quienes transitaron años fundamentales en su desarrollo con los jardines cerrados o parcialmente abiertos, en un clima tan irreal que nuestro cerebro prefiere olvidar.
A pesar de ello, el usual análisis de los resultados de Aprender omite por completo esta realidad, y en función de ello se planean nuevas reformas, posiblemente correctas en sí mismas, dada la situación de la educación argentina antes de la pandemia. Las rondas previas de los exámenes PISA lo atestiguan. Pero no tomar en cuenta el impacto del cierre, ni la interrupción de los procesos de alfabetización, ni la desigualdad en el acceso a clases virtuales, no es gratis. La narrativa sugiere que los resultados se deben a causas estructurales, como si esta cohorte hubiera comenzado su escolaridad sin pandemia, sin cierres irracionales, sin interrupciones. Es una negación tan increíble como absurda.
Los jardines de infantes representan la punta del iceberg de la vergonzosa brecha educativa que sufre nuestro país. Las condiciones iniciales son fundamentales, es de necios el negarlo. El 7 de agosto de 2021, el New York Times publicó una interesante nota, realizada en colaboración con la Universidad de Stanford al respecto, la cual resulta relevante para nuestra realidad.
A medida que la pandemia se hizo sentir en los Estados Unidos, más de un millón de niños que se esperaba que se inscribieran en las escuelas no se presentaron, ni en persona ni en forma virtual. La caída más pronunciada se produjo en el jardín de infantes, con más de 340,000 estudiantes no inscriptos. Muchos de ellos los más vulnerables: niños de cinco años en vecindarios de bajos ingresos.
Como bien señala la nota: “las desigualdades en las oportunidades educativas se acrecentaron aún antes de que muchos niños pasarán siquiera un día en el aula”, pues la caída fue un 28% mayor en las escuelas de vecindarios por debajo y justo por encima de la línea de pobreza. ¿Quién puede afirmar que lo mismo no sucedió en nuestro país?
Veamos un contraejemplo. El contraste con el caso de Suecia es elocuente. Allí, desde el comienzo de la pandemia, el gobierno decidió mantener abiertas las escuelas. La Agencia de Salud Pública, con respaldo de la comunidad científica local, sostuvo que los perjuicios del cierre superaban ampliamente los beneficios. El tiempo les habría de dar la razón.
En Argentina es claro que nuestros gobernantes eligieron otro camino. Uno que necesariamente debe haber contribuido a dejar hoy a más de la mitad de nuestros chicos de tercer grado sin comprensión lectora adecuada. Pero, curiosamente, parece que nadie quiere hablar de ello. En los análisis educativos pareciera que la pandemia fue borrada de la memoria colectiva.
Por un momento aceptemos que fuese cierto, que el cierre de escuelas no tuvo mayor efecto en los aprendizajes, entonces cabe hacerse una pregunta aún más incómoda: ¿para qué van los chicos al colegio? Si da lo mismo estar o no estar, si la escolaridad presencial no deja huella ni un costo su ausencia, ¿qué sentido tiene el aula, el maestro, el encuentro diario?
Por supuesto, sabemos que no es así. Lo saben los padres, lo saben los docentes y, sobre todo, lo saben los propios chicos. Pretender lo contrario es una negación del valor mismo de la escuela.
La pandemia existió. El cierre de escuelas también. Y sus consecuencias sin dudas deben reflejarse hoy en nuestras aulas y en toda evaluación que realicen los chicos y jóvenes, víctimas inocentes de la desaprensión de quienes tuvieron la obligación de proteger su futuro y no lo hicieron.
Yo me pregunto, ¿cuántos niños, de familias de bajos ingresos, vieron significativamente afectadas sus posibilidades de vida futura, aún antes de haber ingresado a la escuela primaria?
Negarlo no solo insulta la inteligencia: es, también, una forma de abandono. Reconocer el impacto del cierre de escuelas no es una cuestión ideológica ni un ejercicio de revisionismo. Es una obligación ética y pedagógica. No hay forma de diseñar políticas de recuperación serias si no se asume con claridad el daño causado. Ignorar esa realidad es, en los hechos, condenar al olvido a los chicos que más lo sufrieron.
Constanza Mazzina, analista internacional, se refirió a las legislativas de la ciudad de Buenos Aires. En CNN Primera Mañana, afirmó que “Leandro Santoro empieza su discurso diciendo ‘los que amamos la ciudad de Buenos Aires’ cuando se paso hablando durante todos los años de Alberto Fernández hablando mal de la porteños, y apoyo la quita de la coparticipación. Es una tomada de pelo de lo que amamos a la ciudad de Buenos Aires”.
Profundizó que le “preocupa como queda formado el poder legislativo porque el peronismo tienen 20 legisladores, que si le sumas los que mantuvo Martín Losteau, la Izquierda de Vanina Biasi, el larretismo, que no sabemos a qué va jugar; el PRO perdió un montón y La Libertad Avanza (LLA) ganó. El peronismo más otros podría quedar en 32 y podrían hacerle los próximos años imposibles a Jorge Macri”.
Constanza Mazzina agregó que “Horacio Rodríguez Larreta es ese jugador que era del riñón del macrismo y esta reaparición muestra porque nunca se jubilan los políticos. Larreta no termino de acusar recibo de porque pierde en el ‘23, los últimos 2 años de su gestión se creyó presidente”.
Por último, destacó que “un gran problema de la política argentina y de la nacionalización de esta elección, termino convirtiéndose en LLA diciendo que los púnicos capaces de derrotar al kirchnerismo, Macri haciendo campaña para Silvia Lospennato, pero no se cuanto ayuda la figura de Macri en una campaña”.
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CATO Ian Vásquez indica que Trump se apoya en la narrativa del declive económico, la que por muchos años fue promovida por los demócratas para intervenir el mercado.
“Nos están robando”, dice el presidente Donald Trump al justificar su guerra comercial contra el mundo. Según el relato, la culpa la tiene el libre comercio que ha destruido la clase media, desindustrializado el país y estancado los salarios de la mayoría de los trabajadores estadounidenses por décadas.
Trump se apoya en la narrativa del declive económico, la que por muchos años fue promovida por los demócratas para intervenir el mercado. Los datos, sin embargo, nos cuentan otra historia.
Es verdad que la clase media estadounidense se está achicando, dice el economista Mark Perry. Pero explica que se debe a que los hogares están ascendiendo a niveles de renta mayor, en vez de descendiendo a niveles más bajos. El porcentaje de hogares que ganan más de US$100.000 al año se ha triplicado desde 1967.
En un libro nuevo sobre cómo el populismo está amenazando el “sueño americano” en Estados Unidos, el economista Norbert Michel documenta que los trabajadores que se encuentran en el 10% inferior de la distribución de ingresos experimentaron alzas salariales mayores que los de trabajadores de ingresos mayores durante décadas.
Las cifras oficiales muestran que los salarios reales aumentaron por 39% entre 1964 y el 2015. Michel dice que los populistas han tenido cierto éxito en aplicar trucos estadísticos para amparar su relato. Por ejemplo, una cifra que se escucha mucho es que entre 1975 y el 2015 los salarios solo han crecido por 1%. Michel explica que ese resultado solo se puede obtener al basarse sobre otro método de cálculo (no preferido por los estadísticos oficiales) y sobre ese año de inicio, lo que produce el peor resultado.
Hay muchas otras artimañas a las que recurren los populistas, pero también hay numerosas otras cifras que muestran que sigue vivo el sueño americano. Marian Tupy examinó el precio de 75 bienes (como la ropa, electrodomésticos, mueblería y demás) entre 1971 y el 2024. Tomando en cuenta el salario promedio del trabajador obrero, encontró que el precio promedio de tales bienes cayó en un 81% para esos trabajadores en términos de cuántas horas de trabajo les costó comprar esos bienes. En otras palabras, el aumento de ingresos reales no solo ha beneficiado a las clases media y alta.
Los estadounidenses siguen, además, viviendo con mucha movilidad social. “En los últimos 40 años”, explica Michel, “el 70% de los estadounidenses en edad de trabajar pasaron al menos un año entre el 20% de los que más ingresos percibían. Y el 80% nunca pasó más de dos años consecutivos en el 10% inferior”.
También es un mito que el libre comercio ha acabado con la industria manufacturera en Estados Unidos. Desde 1959, ha crecido la productividad por trabajador de ese sector. Un trabajador siderúrgico es 20 veces más productivo hoy que hace 40 años. Por eso, el empleo en ese sector como porcentaje del empleo total ha estado declinando constantemente desde los años cuarenta.
Es decir, esa tendencia empezó años antes de que Estados Unidos empezara a liberalizar su economía en los setenta y ochenta, antes de que entraran en efecto tratados de libre comercio con México y Canadá, antes de que China se incorporase a la economía global e incluso antes de que Estados Unidos en 1947 formara parte del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) que empezó a liberalizar la economía mundial.
Estados Unidos sigue siendo una potencia industrial donde los trabajadores de todos niveles se han beneficiado enormemente a lo largo de décadas. Negar el progreso y exagerar los problemas que sí tiene el país solo generarán políticas contraproducentes como el mismo proteccionismo.
Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 13 de mayo de 2025.
Política Internacional, crecimiento económico